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Primavera, celebración del encuentro

Por: Silvia Ambrussi

Lic. en Filosofía

Mientras cortaba flores en la llanura, Perséfone,  hija de Deméter, diosa de la agricultura y de la fertilidad, y de Zeus, rey del Olimpo, es raptada por Hades, dios de los infiernos. Entonces la vida quedó paralizada, pues Deméter envuelta en la tristeza de haber perdido a su hija, abandona sus obligaciones referidas al cultivo de la tierra,  para ir en su búsqueda, lo que provoco la paralización de la vida, pues la tierra agoniza, las cosechas se marchitan, ocupando  la oscuridad la mayor parte del día. Ante esta situación crítica Zeus interviene para que Hades acceda compartir a Perséfone, seis  meses vivirá en la tierra con su madre, y el resto del año vivirá con él en los infiernos. El encuentro de Perséfone con su madre resulta ser un día de fiesta, de celebración que se repite cada año, dando inicio con la primavera a los ciclos naturales. La tierra reverdece, asoman los primeros frutos y flores, las cosechas son abundantes, la oscuridad disminuye. Es un nuevo comienzo, es tiempo de renovación.

El rapto de Perséfone representa el descenso a la oscuridad, donde la naturaleza pierde su esplendor, y la libertad es secuestrada, pero también es el lugar donde la vida germina, manifestándose en un renacimiento cíclico, ciclos que también se ven representados en diferentes etapas de la vida humana.

 El encierro del invierno nos invita a la introspección, mientras que la primavera convoca a la celebración. Es el encuentro madre e hija, el que invita a que la vida se renueve, con nuevos frutos, nuevos aires, nuevas cosechas.

En nuestra vida cotidiana, una especie de rapto aconteció inesperadamente y de manera global, aunque el aislamiento y encierro disfrazado de encuentros virtuales, quizás ya formaban parte de nuestra vida cotidiana, atrapados en un lugar donde lo individual y lo propio era lo relevante, pero ahora vivimos un tiempo que viene acompañado por nuevos desafíos, el de saber qué hacemos con nosotros mismos. Claramente son tiempos de introspección.

La irrupción abrupta de una nueva amenaza a nuestra vulnerabilidad, ha producido una ruptura a las ideas dominantes que priorizan y nos sumergen en lo particular, para reivindicar la necesidad del otro y del reclamo de hacerme responsable también de ese otro. Es que somos con el otro, junto al otro, convocándonos a una causa común, generando sentimientos de comunidad.

Obligándonos a pensar comunitariamente desde la soledad del aislamiento, debemos hacer un ejercicio simultáneo de responsabilidad social e individual.

Esta crisis puede invitarnos a reencontrarnos con la naturaleza y disfrutar de las relaciones interpersonales, de la caricia, del diálogo, de la presencia del otro. Es el carácter irrepetible, novedoso de cada ser humano el que lo hace irremplazable. Recuperar la confianza en la humanidad depende de nosotros, apostando por la solidaridad. Este sobresalto colectivo puede imaginar una nueva etapa, donde la vida se manifieste  como una eterna primavera  que cada año se re-crea a si misma.

 

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