Cargando...
ComunidadEntrevistas

¿Quién cuida las infancias de un pueblo?

-Segunda Parte-

Por: Marcela Di Rocco Profesora Especializada en Jardín Maternal y Educación Preescolar

¿Qué márgenes tenemos hoy los adultos que habitamos las escuelas, de constituirnos en “esos Otros que mantienen algún grado de integridad” para tejer una trama significativa que aloje lo que irrumpe como una realidad, muchas veces irracional, cuando también nosotros nos hallamos vulnerados por las mismas circunstancias?

En la edición del mes pasado hacíamos referencia a la película italiana de Roberto Benigni, “La vida es bella” donde el personaje del padre recurre a la fantasía de un juego para explicar todos los maltratos, humillaciones y horrores de los que el niño es testigo, en un intento por preservar la inocencia y la ilusión infantil en aquel infierno. “A pesar de estar rodeados de tristeza y muerte, Giosuè acaba creyendo la historia de su padre y así su estancia en el campo es un poco más llevadera”. Lejos de poner de relieve el acto de la mentira, pero sí en la distancia necesaria con los hechos, que permite aproximarse a éstos sin sentirse arrasado por ellos.

En este sentido había quedado una pregunta abierta:

¿Cómo pueden los adultos que hoy habitan la escuela asumir ese “otro” si estamos todos inmersos en la misma vulnerabilidad?

Aquí tal vez sea necesario marcar la diferencia entre un niño y una niña de 45 días, de 3 años, de 5, de 13, de 15 de un adulto de 30, 35 en adelante. Cada uno tiene posibilidades distintas, recursos distintos, recorridos y experiencias distintas.

Y con esto no quiero ni pretendo desconocer las responsabilidades diferenciales en el universo mismo de los adultos, llámese Estado, funcionarios de gobierno, docentes, padres, madre. Sólo estoy queriendo poner la mirada en pensar cómo se puede contribuir evitando que los adultos, en las escuelas incrementemos el desamparo que padecen nuestras infancias fuera de ellas, y el que deviene de su propia condición de ser niños.

Si compartimos la idea de que nuestras infancias son los niños que habitan las calles, los que juntan su alimento en las bolsas de basura, los que estudian inglés y computación, los que juegan al hockey, las niñas modelos, los chicos cartoneros, los que participan en olimpíadas, los que nunca viajaron y los que recorrieron parte del mundo con solo 2 o 3 años, es porque existe una frontera que, aunque a veces se desdibuje, marca diferencia y distancia con los adultos.

En esta relación asimétrica necesaria y facilitadora del crecimiento, de la que necesitan nuestras infancias, sea cual fuere su condición surge la necesidad de un “Otro” que tiene una función constituyente para el sujeto, en tanto no se erija omnipotente.

¿Quién cuida las infancias de un pueblo?

Es esa diferencia, esa asimetría con los adultos que habitamos las escuelas la que resulta imprescindible ejercitar en estos tiempos, en este escenario actual donde los adultos de quienes dependen nuestras infancias, nos encontramos también vulnerados. Se trata de evitar que la infancia quede libra- da a su propia suerte, no haciéndole faltar esa distancia en la que una trama de sentidos pueda alojarse bajo la forma de palabras, de números, de cuentos, de música, de magia, de pinceles y de juegos.

Cuidemos la materia prima de nuestra Argentina, cuidemos nuestras infancias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

NUESTROS ELEGIDOS